
Perejil no es un cuento
edwin paraison/Especial para EspacinsularSANTO DOMINGO. 5 DE AGOSTO DE 2008.- El pasado 2 de Agosto, un niño dominicano de una pareja haitiano-dominicana fue obligado por militares dominicanos en un puesto de control de la carretera fronteriza que conduce de Jimaní a Barahona, a decir, la fatídica palabra “perejil”, con la cual en octubre del año 1937, los esbirros de la dictadura trujillista, diferenciaban entre dominicanos y haitianos, para proceder a la matanza de miles de haitianos y de dominicanos de ascendencia haitiana.
Podría ser el “lead” de una noticia para cualquier periódico local o internacional, con el tratamiento rutinario de los acontecimientos que solo se quedan en los archivos de los medios. No, dejar pasar una vez más vez una forma de proceder que afecta diariamente a decenas de compatriotas haitianos y dominicanos de piel negra, seria una irresponsabilidad ciudadana.
Ewa (su apodo) de 10 años, alumno de 5to grado del Colegio Dominico Americano, regresaba alegre con su padre, de una visita de la zona fronteriza, entre otros, del Lago Enriquillo y del portón que separa los dos territorios de la isla, cuando por defectos mecánicos tuvieron que dejar estacionado frente al popular colmado de Amílcar en la salida de la ciudad, uno de los vehículos de la familia.
El padre, graduado de universidades europeas, catedrático en Haití y en la Pontificia Universidad Madre y Maestra, había acordado encontrarse en Barahona, con su esposa, médico nutricionista consultora del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, en República Dominicana, para pasar el fin de semana, antes de salir hacia su país.
Ewa, niño inteligentísimo que habla español, inglés, francés y creole, miembro de una familia de clase media, no había hecho la experiencia del transporte público en un viaje inter-urbano. Lejos de extrañar el confort del vehículo 4x4 de su padre, estaba excitado con “montarse en una guagua” e inter-actuar con otros pasajeros.
Llamó su atención el hecho que el cobrador del autobús, le haya preguntado a su padre si tenían sus “papeles” en regla, al momento que otros pasajeros abordaban sin problema el vehículo.
Tampoco entendió muy bien, que a tan solo 100 metros de la salida de la ciudad, el autobús tuvo que pararse para una inspección militar.
“Moreno sus papeles” le dijo un guardia a su padre en un tono poco amistoso. El interpelado presentó su residencia dominicana. “Y el niño?” preguntó el militar, “es mi hijo” contestó el padre. Donde está el acta de nacimiento? “yo no sabía que un dominicano niño o adulto tenía que andar con su acta de nacimiento para probar su nacionalidad en su propio país” fue la repuesta.
“Y el es dominicano?” preguntó el militar mirando al niño con ojos dudosos. Ewa contestó muy claramente “si yo soy dominicano, nací y me crié aquí, mi madre es dominicana”.
Esto se repetiría durante 10 veces en el camino hasta el cruce de Cabral-Barahona, donde los dos fueron desmontados del autobús por la patrulla militar de puesto en ese “chequeo”, tan solo por la valentía con la cual el padre defendía sus derechos, basándose sobre tres aspectos: su negritud inherente, su estatus legal en el país y la nacionalidad irrebatible de su vástago.
¿Si el niño no lleva su acta de nacimiento, tiene que decir perejil para saber si es dominicano y dejarlo ir”? dijo uno de los militares.
Ewa que ya lloraba por su padre y la desconsideración en el trato hacia su progenitor, a quien habían amenazado con “bajarle a patadas” del vehículo, sacó fuerzas desde sus entrañas para pronunciar claramente esa dolorosa palabra para los habitantes de la isla.
Al otro día, el niño le enseñó a su padre lo que escribió en su diario sobre esa experiencia: “Cuando me monté en la guagua me sentí muy bien hasta las paradas en que me negaban mi nacionalidad, luego cuando me forzaron a decir perejil”. “Pero me sentí bien, porque lo dije mejor que el” precisó. El añadió “me sentí ofendido, discriminado y como si yo fuera una persona peligrosa para el país”.
Como Ewa son cientos de miles de niños dominicanos de ascendencia haitiana de matrimonios mixtos o de parejas de inmigrantes que por su origen, su color de piel y hasta su peinado en el caso de la niñas y mujeres, han sido o pueden ser víctimas calladas de un problema que es real.
“Perejil” no es un cuento…sucedió en 1937, pero nada se hizo en el plano institucional, para borrar en los círculos militares, ese “perfil haitiano” basado en el color de la piel y la pronunciación de la “r”. “Perejil” es tan vigente en la frontera, como los casos de discriminación racial reportados por la embajada de los Estados Unidos en discotecas de la capital, el año pasado.
Podría ser el “lead” de una noticia para cualquier periódico local o internacional, con el tratamiento rutinario de los acontecimientos que solo se quedan en los archivos de los medios. No, dejar pasar una vez más vez una forma de proceder que afecta diariamente a decenas de compatriotas haitianos y dominicanos de piel negra, seria una irresponsabilidad ciudadana.
Ewa (su apodo) de 10 años, alumno de 5to grado del Colegio Dominico Americano, regresaba alegre con su padre, de una visita de la zona fronteriza, entre otros, del Lago Enriquillo y del portón que separa los dos territorios de la isla, cuando por defectos mecánicos tuvieron que dejar estacionado frente al popular colmado de Amílcar en la salida de la ciudad, uno de los vehículos de la familia.
El padre, graduado de universidades europeas, catedrático en Haití y en la Pontificia Universidad Madre y Maestra, había acordado encontrarse en Barahona, con su esposa, médico nutricionista consultora del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, en República Dominicana, para pasar el fin de semana, antes de salir hacia su país.
Ewa, niño inteligentísimo que habla español, inglés, francés y creole, miembro de una familia de clase media, no había hecho la experiencia del transporte público en un viaje inter-urbano. Lejos de extrañar el confort del vehículo 4x4 de su padre, estaba excitado con “montarse en una guagua” e inter-actuar con otros pasajeros.
Llamó su atención el hecho que el cobrador del autobús, le haya preguntado a su padre si tenían sus “papeles” en regla, al momento que otros pasajeros abordaban sin problema el vehículo.
Tampoco entendió muy bien, que a tan solo 100 metros de la salida de la ciudad, el autobús tuvo que pararse para una inspección militar.
“Moreno sus papeles” le dijo un guardia a su padre en un tono poco amistoso. El interpelado presentó su residencia dominicana. “Y el niño?” preguntó el militar, “es mi hijo” contestó el padre. Donde está el acta de nacimiento? “yo no sabía que un dominicano niño o adulto tenía que andar con su acta de nacimiento para probar su nacionalidad en su propio país” fue la repuesta.
“Y el es dominicano?” preguntó el militar mirando al niño con ojos dudosos. Ewa contestó muy claramente “si yo soy dominicano, nací y me crié aquí, mi madre es dominicana”.
Esto se repetiría durante 10 veces en el camino hasta el cruce de Cabral-Barahona, donde los dos fueron desmontados del autobús por la patrulla militar de puesto en ese “chequeo”, tan solo por la valentía con la cual el padre defendía sus derechos, basándose sobre tres aspectos: su negritud inherente, su estatus legal en el país y la nacionalidad irrebatible de su vástago.
¿Si el niño no lleva su acta de nacimiento, tiene que decir perejil para saber si es dominicano y dejarlo ir”? dijo uno de los militares.
Ewa que ya lloraba por su padre y la desconsideración en el trato hacia su progenitor, a quien habían amenazado con “bajarle a patadas” del vehículo, sacó fuerzas desde sus entrañas para pronunciar claramente esa dolorosa palabra para los habitantes de la isla.
Al otro día, el niño le enseñó a su padre lo que escribió en su diario sobre esa experiencia: “Cuando me monté en la guagua me sentí muy bien hasta las paradas en que me negaban mi nacionalidad, luego cuando me forzaron a decir perejil”. “Pero me sentí bien, porque lo dije mejor que el” precisó. El añadió “me sentí ofendido, discriminado y como si yo fuera una persona peligrosa para el país”.
Como Ewa son cientos de miles de niños dominicanos de ascendencia haitiana de matrimonios mixtos o de parejas de inmigrantes que por su origen, su color de piel y hasta su peinado en el caso de la niñas y mujeres, han sido o pueden ser víctimas calladas de un problema que es real.
“Perejil” no es un cuento…sucedió en 1937, pero nada se hizo en el plano institucional, para borrar en los círculos militares, ese “perfil haitiano” basado en el color de la piel y la pronunciación de la “r”. “Perejil” es tan vigente en la frontera, como los casos de discriminación racial reportados por la embajada de los Estados Unidos en discotecas de la capital, el año pasado.





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